6 Anillos, 5 Matrimonios y 5 Lecciones de Crecimiento y Amor Propio, Parte IV

zoila gomez family and friends group photo

“Ahora me tengo a mí… pero me tomó 56 años llegar aquí.”

Recientemente cumplí 56 años y decidí hacer una fiesta enorme en mi casa. Preparé mi hogar para recibir a más de cien personas, y llegaron. Bailé hasta las 4 de la mañana. Y como dijo mi hijo, fue una fiesta de verdad, porque hasta la policía llegó.

Debo admitir que me dio muchísima vergüenza cuando llegó la policía porque la música estaba demasiado alta. Pero mis vecinos más cercanos enseguida me hicieron sentir tranquila cuando me dijeron: “Tú estabas disfrutando, y eso no es algo que tú haces todos los días.” Esa noche me sentí como una reina, y le doy gracias a Dios porque me ha bendecido con tanta gente buena en mi vida.

A mis 56 años, tengo que decir que he crecido. Pero si hay algo que todavía me duele, es ese pensamiento de que tal vez soy demasiado ingenua.

No importa cuánto haya estudiado, cuánto haya leído, cuán exitosa me haya vuelto o cuánta gente maravillosa me rodee, todavía hay personas que quieren hacerme daño, y a mí me cuesta verlo o creerlo hasta que ya es demasiado tarde. Hay una parte de mí que quiere creer en la gente. Yo creo en la bondad humana. ¿Sé que hay gente mala en este mundo? Sí, claro que sí.

Pero mi naturaleza siempre ha sido ver lo bueno antes que lo malo. Y muchas veces, eso me ha dejado profundamente decepcionada.

A mis 56 años, todavía brego con eso.

Mi coach de vida y de negocios una vez me dijo que necesito aprender a ser más escéptica. Y tiene razón. Esa sigue siendo una de las lecciones más grandes que todavía tengo por delante. Porque el escepticismo no me sale de forma natural.

La esperanza sí.

Desde mi último blog, he leído y escuchado varios libros, pero hubo uno en particular que se me quedó muy dentro: Eleanor Oliphant Is Completely Fine. Ese libro me tocó porque Eleanor, a pesar de todo el trauma que cargaba desde su niñez, seguía funcionando, seguía trabajando, seguía sobreviviendo. Estaba herida, sí, pero seguía hacia adelante. Y cuando finalmente apareció alguien que la vio con bondad, un mundo nuevo empezó a abrirse poco a poco para ella.

Eso me tocó profundamente.

Porque me di cuenta, una vez más, de que eso es exactamente lo que yo hago en mi propia vida: no me enfoco primero en lo negativo. Me enfoco en lo positivo. Ahí están todas las señales de banderas rojas. Aun cuando hay tantas cosas malas, yo busco lo que todavía sigue siendo bueno. Esa ha sido parte de mi supervivencia. Así es como he echado pa’lante en la vida. Así es como siempre he sobrevivido.

Mi niñez no fue fácil, pero yo no vivo ahí en el pasado. Yo no me quedo atrapada en ese dolor. Prefiero recordar las cosas que me hicieron fuerte.

Me hicieron bullying. Me llamaban la loca.

Pero ese bullying me hizo más resiliente.

Me permitió soñar con un mundo mejor.

Me dio hambre de levantarme por encima de todo eso. Ayudó a formar a la mujer que un día se convirtió en abogada y en una empresaria respetada. 

Esa siempre ha sido mi manera.

Buscarle el lado bueno a las cosas.

Incluso cuando la vida me ha dado todas las razones para no hacerlo.

Mi segundo esposo me quitó mi casa, la casa que compramos con dinero que yo había tomado prestado de mi mamá, de mi papá y de préstamos estudiantiles que todavía yo seguía pagando cuando nos divorciamos. La casa que él quería, pero la cual no tenía ni un centavo para contribuir.

Y cuando me la quitó, la conciliadora que la corte había asignado a nuestro caso me dijo: “Zoila, míralo. No tiene nada. Es un miserable. Tú estás comenzando tu carrera como abogada. Déjale la casa. Tú vas a tener eso y más en el futuro brillante que tienes por delante.”

Así que la dejé ir.

Solté la rabia que tenía porque me sentía utilizada.

Y Dios proveyó. Me fue bien, tal como la conciliadora le había hablado al universo.

En ese momento me dije que nunca volvería a permitir que algo así me pasara otra vez.

Y sin embargo, volvió a pasar.

Mi cuarto esposo no solo me sacó dinero, sino que se casó conmigo para que yo lo mantuviera económicamente. Y si soy honesta, esa es la parte más difícil de admitir. Caí en alguien que solo quería aprovecharse de mí. Eso volvió a dejarme herida.

No tanto porque alguien me engañara.

Sino porque yo le creí.

Porque yo confío.

Porque yo soy buena.

Porque yo jamás tomaría ventaja de otra persona de manera consciente, y en algún lugar muy dentro de mí, sigo esperando que esa bondad me sea devuelta.

Al cerrar esta serie, quiero dejar esta verdad clara: mis matrimonios no fueron todos malos, pero tampoco fueron todos buenos.

Las señales con banderas rojas estuvieron ahí desde el principio en cada uno de ellos.

En mi primer matrimonio, la bandera roja fue la irresponsabilidad. Él era demasiado dejado con todo, y eso era completamente opuesto a mí. Decía que quería 10 hijos y no se quedó ni para criar uno solo.

En mi segundo matrimonio, me casé por todas las razones equivocadas. Aunque ya estábamos comprometidos, una parte de mí sabía que no debía casarme. Luego me enteré de que estaba embarazada y no quería que mi hijo creciera sin un padre. Pero esas no son razones para casarse con un hombre. Son razones nacidas del miedo, de la esperanza, de la presión, pero no de la sabiduría. Fui miserable en ese matrimonio y, aun así, hice todo lo que estaba en mis manos para que funcionara. Pero cuando una se casa con un hombre que te trata como si fueras su madre, de ahí sale muy poco bueno.

Mi tercer esposo fue un buen hombre. Sí me decepcionó. Fue inmaduro dentro de nuestra relación, y esa inmadurez me dolió. Pero no fue un hombre que vino a mi vida a quitarme. No me usó. Simplemente no sabía cómo estar casado conmigo. Y por lo menos de ese matrimonio pude salir con claridad.

Mi cuarto esposo… bueno, ese fue un estafador. Todas las banderas rojas estaban ahí, y aun viéndolas, no seguí mi instinto. Eso es todo lo que tengo que decir sobre él.

Y el quinto esposo… tendrán que esperar el libro para saber más… Porque la verdad es que nunca terminamos de conocer del todo a alguien. No al principio. No siempre en el medio. Y a veces, ni siquiera al final.

Mientras cierro esta serie, me doy cuenta de que lo que realmente estoy buscando ahora no es amor en otras personas, sino el amor dentro de mí. Quiero profundizar ese amor propio.

Estoy trabajando en una relación más profunda conmigo misma.

Esta mujer de 56 años todavía se está encontrando. Sí, ¿lo puedes creer? Todavía estoy aprendiendo, soltando… encontrándome.

Las lecciones han sido muchas y me han costado mucho, pero sé que todavía me quedan más por delante.

Ya no estoy buscando amor.

Y, para ser honesta, ahora mismo la sola idea me incomoda un poco. Casi como… guácala, no, gracias.

Hay una parte de mí que se preocupa al pensar que ahora miro con sospecha a cada hombre que se me acerca. Y no quiero convertirme en una mujer completamente cerrada. No quiero que el dolor me vuelva dura.

Quiero aprender escepticismo sin perder la ternura. Discernimiento sin amargura. Sabiduría sin miedo.

¿Volveré a casarme algún día? Tal vez no. Quién sabe. Y por primera vez en mi vida, estoy en paz con esa posibilidad.

¿Creo todavía que podría tener una relación plena algún día? Tal vez.

Pero por primera vez en mi vida, no necesito esa posibilidad para sentirme completa.

Esa es la lección.

He aprendido que disfruto estar sola. Disfruto no tener que preocuparme por alguien mirando por encima de mi hombro. Disfruto la paz de mi propia compañía. Disfruto mi soledad.

Siempre la he disfrutado.

Lo que pasó tantas veces en mi vida fue que me distraje con lo que la otra persona parecía ofrecer. Me dejé arrastrar por la promesa de lo que podía ser. Y en ese proceso, por un tiempo, me perdí a mí misma cada vez.

Ya no estoy dispuesta a hacer eso.

No más.

Estoy rodeada de gente que me ama. Soy inmensamente bendecida. Y ya no siento que necesito a un hombre en mi vida para completar nada dentro de mí. Ahora mismo, un hombre sería una distracción de la paz que me ha costado tanto encontrar.

Y por fin soy lo suficientemente honesta para decirlo en voz alta.

No necesito llegar a mi casa para encontrar a alguien que me haga sentir abrazada y amada.

Ahora me tengo a mí y el amor que llevo dentro.

Y eso no es soledad.

Eso es haber llegado

Lección 4: No toda persona que entra en tu vida está destinada a quedarse, y no toda persona que se va se lleva algo de ti. A veces, lo que deja es claridad y la sabiduría que solo da la experiencia vivida.

Con este blog cierro la serie 6 Anillos, 5 Matrimonios y 5 Lecciones de Crecimiento y Amor Propio.

Al cerrar este capítulo, lo hago con gratitud. No porque cada matrimonio haya sido una bendición. Sino porque cada matrimonio me enseñó algo. Sobre el amor. Sobre la decepción. Sobre la supervivencia. Sobre quién he sido. Y sobre la mujer en la que todavía tengo el valor de convertirme.

No escribo estas palabras como alguien que tiene todas las respuestas. Las escribo como una mujer que ha vivido, que ha amado, que ha perdido, que ha aprendido y que todavía sigue aprendiendo. Escribo como alguien que todavía cree que tiene propósito y que todo lo que ha pasado ha sido por una razón.

Lección 5: Volverte una mujer completa no siempre se parece a encontrar el amor. A veces parece, simplemente, volver a encontrarte a ti misma. Ese es el viaje en el que estoy, y pienso disfrutar cada momento de este proceso llamado vida.

Y si hay algo que hoy sé, es esto: ya no estoy esperando que alguien más me escoja.

Ahora me escojo yo.

Yo soy suficiente.

Y esta vez, lo creo.

zoila gomez portriat

About the Author

Zoila Marisol Gómez is a Dominican-American storyteller and advocate for women’s empowerment. Through her bilingual voice, she writes about love, resilience, and the courage it takes to begin again. Subscribe to follow her journey — because for mujeres who rise, TODO ES POSIBLE.