A veces el amor está en las mujeres que viajan contigo, en las amistades que te encuentran en otro país, en la música que te recuerda de dónde vienes y en esas personas que logran que un lugar desconocido se sienta como hogar.
Hace poco me di cuenta de algo sobre mí que se siente hermoso, pero también un poquito incómodo: yo puedo viajar sola, viajo sola, y lo hago bien.
No le tengo miedo al mundo. Soy resuelta, independiente y perfectamente capaz de crear momentos inolvidables dondequiera que voy. Puedo resolver con facilidad. Puedo sentarme sola en un restaurante, reservar un tour, moverme por una ciudad nueva y sacarle el jugo completo a la experiencia. Pero que yo pueda hacer algo no significa que eso sea lo que más me llena.
Lo que más me llena es la conexión.
Y no cualquier conexión. No hablo de conversaciones superficiales, de compañía agradable o de esos encuentros lindos pero breves que duran lo mismo que una comida, un tour o un atardecer. Hablo de conexión de verdad. De la que tiene historia. De la que se siente familiar. De la que hace que un lugar se sienta más cálido porque lo estás viviendo con personas que ya conocen tu corazón.
He viajado a muchos lugares con parejas, con familia y con amistades. Y sí, viajar con otras personas da más trabajo. Claro que sí. Casi siempre yo soy la planificadora. Yo soy la que está pensando en el itinerario, en qué vamos a hacer después, dónde vamos a comer, cómo vamos a llegar y si de verdad le estamos sacando provecho al día.
Esa soy yo. Y aun con todo eso, lo sigo prefiriendo a estar sola todo el tiempo.
Porque hay una comodidad que viene de la historia compartida. Hay algo especial en vivir momentos juntas, posar para una selfie o manejar hasta ese lugar solo porque a una de las personas con las que vas le interesa o ha oído hablar de él. Hay una facilidad que viene de estar con gente que te conoce bien. Hay una alegría distinta en mirar a alguien que quieres en medio de un momento hermoso y saber que eso también le está cayendo al corazón.
Hace poco estuve en Quebec City en un viaje de chicas, aunque yo lo renombré el viaje de madre e hija porque fui con mi mamá, con mi amiga Yessie y con su hija Gabriela. Disfrutamos cada momento de ese viaje. Hasta el camino se volvió parte de la aventura. Hubo risas, ligereza, espontaneidad y ese tipo de conexión que hace que toda la experiencia se sienta más rica. Claro que la belleza del lugar importó, pero lo que hizo el viaje especial fue la energía que creamos juntas.
También pronto me voy para México con las chicas de mi club de lectura, y de verdad que me tiene muy emocionada. No solo por el lugar al que vamos, sino porque sé que ese viaje va a profundizar algunos vínculos que ya he comenzado a construir. Hay algo muy lindo en viajar con otras personas e ir conociéndolas más a fondo mientras estamos celebrando la vida juntas. Viajar tiene esa magia. Te da tiempo, experiencia compartida, chistes internos, momentos inesperados y recuerdos que naturalmente acercan te acercan más profundamente.
Sí, cuando una viaja sola, claro que tiene la oportunidad de conocer personas interesantes. Puedes tener una conversación lindísima en un restaurante, en la calle, durante un tour o en ese lugar histórico que una tiene que visitar sí o sí porque, si no, es como si nunca hubiera estado en esa ciudad.
Esos momentos pueden ser bellos. Pueden ser divertidos. Pueden quedarse contigo para toda la vida porque algunos son tan especiales que cuesta olvidarlos.
Pero no siempre es suficientemente íntimo. Porque no toda conexión te llega al corazón.
Mis últimas vacaciones sola fueron un viaje de 13 días a España. Visité Madrid, Valencia y Sevilla, y cada ciudad me dio algo diferente. Pero más que eso, cada una me reveló algo distinto sobre mí.
Llegué a Madrid y desde el principio se sintió increíble porque ya tenía gente allá. Ya tenía planes. Ya tenía conexión esperándome. Al día siguiente hice un tour, me encontré con mi amiga Isabel para unos tragos y al otro día me fui de rumba. Me reuní con mi sobrina Vipsania y su esposo para unos cócteles en la tarde después de pasar el día en el Museo del Prado. Fui a un tablao con mis amigas Marta y Altagracia. Altagracia, mi amiga de Massachusetts, estaba en España al mismo tiempo que yo, pudimos compartir juntas y eso fue muy especial.
Esos días en Madrid se sintieron como vacaciones, sí, pero también como algo más aterrizado. Yo estaba lejos, pero seguía sintiéndome sostenida por gente conocida y amada. Y eso hace una diferencia.
Después me fui a Valencia, y Valencia fue otra historia porque ni siquiera estaba segura de conocer a alguien allí. Pero desde que llegué, hubo algo que se sintió mágico.
Valencia se sentía más pequeña, más tradicional, más fácil de recorrer y de alguna manera inmediatamente acogedora. Encontré un rooftop espectacular y, antes de que terminara la noche, algo dentro de mí se había relajado. La DJ era una venezolana chulísima, y conectamos de una vez. La música resulto ser de mi patio, y cuando empezaron a tocar a Juan Luis Guerra, mi compatriota, sentí esa chispa de alegría que aparece cuando algo en un lugar extranjero de repente se siente tuyo. El ambiente del domingo era merengue, salsa y bachata.
Fue un momento increíble.
Al día siguiente tenía una clase de paella programada, y terminó siendo una de las mejores experiencias de todo mi viaje. Aprendí a hacer una paella buenísima con el Chef Daniel, y hasta el día de hoy seguimos conectados. De verdad se lo recomendaría a cualquiera que vaya a Valencia.
Después me enteré de que Adriano, el padre de mi sobrino, vive en Valencia, y también conecté con él. Fue lindísimo compartir con él y recibir tantos consejos para el resto de mi viaje.
Valencia terminó siendo mi lugar favorito. Tal vez fue por lo pequeño, acogedor y fácil de navegar. Tal vez porque sentí el calor humano y la gente es abierta. Tal vez porque conecté tan rápido, y hasta inesperadamente, con las personas allí. O tal vez fue porque Valencia me recordó que a veces lo que hace inolvidable a un lugar no es solo lo que ves, sino lo que descubres dentro de ti mientras estás ahí. Y lo que descubrí en mí allí, fue alegría. Y una sensación de bienvenida.
Luego me fui a Sevilla, la última ciudad de mi viaje. Y Sevilla me enseñó otra cosa.
Ahora, déjenme decir esto claro: Sevilla es bellísima. Entiendo perfectamente por qué a tanta gente le encanta. Está llena de encanto, historia, movimiento y belleza. Vi lugares preciosos. Tuve momentos maravillosos. Disfruté muchísimo lo que vi.
Pero emocionalmente, se sintió diferente. No conecté con nadie allí de la misma manera en que conecté en Madrid o en Valencia.
Las únicas personas con las que realmente conecté fueron otros turistas durante los tours que metí en mi itinerario en dos días: Granada, Alhambra, Albaicín, Córdoba, Pueblo Blanco y Ronda. Sí, metí todo eso en dos días. Eso de por sí ya dice bastante de mí.
Y conocí gente agradable. Tuve conversaciones bonitas. Compartí sonrisas, recomendaciones y esos pequeños destellos de intimidad que ocurren cuando extraños quedan unidos por un instante a través de la belleza. Pero fueron conexiones temporales. Conexiones pasajeras. Conexiones de vacaciones.
Y no hay nada de malo en eso.
Pero esa parte del viaje me dejó algo muy claro: una conexión temporal puede ser linda, pero no me nutre de la misma manera. Yo necesito más que un momento. Necesito profundidad. Necesito continuidad. Necesito comunidad. Necesito ese tipo de conexión que lleva memoria, familiaridad, confianza y la comodidad de sentirme conocida.
Eso fue lo que este viaje me revelo. Cada uno de nosotros tiene necesidades distintas.
Y mientras sigo conociéndome con más honestidad, voy descubriendo que soy más feliz cuando estoy profundamente conectada con otros y cuando tengo una comunidad que permanece. Una comunidad con historia. Una comunidad con raíces. Una comunidad con verdadera sustancia emocional.
Eso es lo que me llena.
Yo todavía quiero seguir viajando por el mundo. Aunque ya he viajado a muchos lugares, todavía me quedan muchísimos más por conocer. Yo siento que todavía me queda una vida entera de viajes por delante.
Y ahora me descubro esperando una de dos cosas: o aprendo a disfrutar los viajes sola de una manera más profunda y más completa, o sigo construyendo un pueblo, una tribu, buscando gente con quien pueda compartir estas experiencias.
Quizás ambas cosas.
Cada vez más, voy entendiendo que la vida no solo se trata de los lugares a los que vamos. También se trata de quién nos encuentra allí, quién camina a nuestro lado y quién ayuda a convertir un momento hermoso en uno verdaderamente especial.
Y tal vez esa es la verdadera lección. No toda conexión te llega al corazón. Pero cuando llega, tú lo sabes. Y una vez conoces esa sensación, dejas de confundirla con cualquier otra cosa.
Hasta la próxima.
No Toda Conexión Te Llega Al Corazón
Después de escribir tanto sobre el amor, el matrimonio, los finales y las lecciones que una aprende cuando le toca volver a empezar, siento que ahora estoy entrando en una reflexión distinta.
Este capítulo no se trata del amor romántico.
O por lo menos, no directamente.
Se trata de la conexión. De la amistad. De la comunidad. De pertenecer. Se trata de esas personas que nos hacen sentir sostenidas, vistas y conocidas. Porque mientras más me voy entendiendo a mí misma, más claro tengo que el amor nunca ha vivido solamente dentro del matrimonio.
A veces el amor está en las mujeres que viajan contigo, en las amistades que te encuentran en otro país, en la música que te recuerda de dónde vienes y en esas personas que logran que un lugar desconocido se sienta como hogar.
Hace poco me di cuenta de algo sobre mí que se siente hermoso, pero también un poquito incómodo: yo puedo viajar sola, viajo sola, y lo hago bien.
No le tengo miedo al mundo. Soy resuelta, independiente y perfectamente capaz de crear momentos inolvidables dondequiera que voy. Puedo resolver con facilidad. Puedo sentarme sola en un restaurante, reservar un tour, moverme por una ciudad nueva y sacarle el jugo completo a la experiencia. Pero que yo pueda hacer algo no significa que eso sea lo que más me llena.
Lo que más me llena es la conexión.
Y no cualquier conexión. No hablo de conversaciones superficiales, de compañía agradable o de esos encuentros lindos pero breves que duran lo mismo que una comida, un tour o un atardecer. Hablo de conexión de verdad. De la que tiene historia. De la que se siente familiar. De la que hace que un lugar se sienta más cálido porque lo estás viviendo con personas que ya conocen tu corazón.
He viajado a muchos lugares con parejas, con familia y con amistades. Y sí, viajar con otras personas da más trabajo. Claro que sí. Casi siempre yo soy la planificadora. Yo soy la que está pensando en el itinerario, en qué vamos a hacer después, dónde vamos a comer, cómo vamos a llegar y si de verdad le estamos sacando provecho al día.
Esa soy yo. Y aun con todo eso, lo sigo prefiriendo a estar sola todo el tiempo.
Porque hay una comodidad que viene de la historia compartida. Hay algo especial en vivir momentos juntas, posar para una selfie o manejar hasta ese lugar solo porque a una de las personas con las que vas le interesa o ha oído hablar de él. Hay una facilidad que viene de estar con gente que te conoce bien. Hay una alegría distinta en mirar a alguien que quieres en medio de un momento hermoso y saber que eso también le está cayendo al corazón.
Hace poco estuve en Quebec City en un viaje de chicas, aunque yo lo renombré el viaje de madre e hija porque fui con mi mamá, con mi amiga Yessie y con su hija Gabriela. Disfrutamos cada momento de ese viaje. Hasta el camino se volvió parte de la aventura. Hubo risas, ligereza, espontaneidad y ese tipo de conexión que hace que toda la experiencia se sienta más rica. Claro que la belleza del lugar importó, pero lo que hizo el viaje especial fue la energía que creamos juntas.
También pronto me voy para México con las chicas de mi club de lectura, y de verdad que me tiene muy emocionada. No solo por el lugar al que vamos, sino porque sé que ese viaje va a profundizar algunos vínculos que ya he comenzado a construir. Hay algo muy lindo en viajar con otras personas e ir conociéndolas más a fondo mientras estamos celebrando la vida juntas. Viajar tiene esa magia. Te da tiempo, experiencia compartida, chistes internos, momentos inesperados y recuerdos que naturalmente acercan te acercan más profundamente.
Sí, cuando una viaja sola, claro que tiene la oportunidad de conocer personas interesantes. Puedes tener una conversación lindísima en un restaurante, en la calle, durante un tour o en ese lugar histórico que una tiene que visitar sí o sí porque, si no, es como si nunca hubiera estado en esa ciudad.
Esos momentos pueden ser bellos. Pueden ser divertidos. Pueden quedarse contigo para toda la vida porque algunos son tan especiales que cuesta olvidarlos.
Pero no siempre es suficientemente íntimo. Porque no toda conexión te llega al corazón.
Mis últimas vacaciones sola fueron un viaje de 13 días a España. Visité Madrid, Valencia y Sevilla, y cada ciudad me dio algo diferente. Pero más que eso, cada una me reveló algo distinto sobre mí.
Llegué a Madrid y desde el principio se sintió increíble porque ya tenía gente allá. Ya tenía planes. Ya tenía conexión esperándome. Al día siguiente hice un tour, me encontré con mi amiga Isabel para unos tragos y al otro día me fui de rumba. Me reuní con mi sobrina Vipsania y su esposo para unos cócteles en la tarde después de pasar el día en el Museo del Prado. Fui a un tablao con mis amigas Marta y Altagracia. Altagracia, mi amiga de Massachusetts, estaba en España al mismo tiempo que yo, pudimos compartir juntas y eso fue muy especial.
Esos días en Madrid se sintieron como vacaciones, sí, pero también como algo más aterrizado. Yo estaba lejos, pero seguía sintiéndome sostenida por gente conocida y amada. Y eso hace una diferencia.
Después me fui a Valencia, y Valencia fue otra historia porque ni siquiera estaba segura de conocer a alguien allí. Pero desde que llegué, hubo algo que se sintió mágico.
Valencia se sentía más pequeña, más tradicional, más fácil de recorrer y de alguna manera inmediatamente acogedora. Encontré un rooftop espectacular y, antes de que terminara la noche, algo dentro de mí se había relajado. La DJ era una venezolana chulísima, y conectamos de una vez. La música resulto ser de mi patio, y cuando empezaron a tocar a Juan Luis Guerra, mi compatriota, sentí esa chispa de alegría que aparece cuando algo en un lugar extranjero de repente se siente tuyo. El ambiente del domingo era merengue, salsa y bachata.
Fue un momento increíble.
Al día siguiente tenía una clase de paella programada, y terminó siendo una de las mejores experiencias de todo mi viaje. Aprendí a hacer una paella buenísima con el Chef Daniel, y hasta el día de hoy seguimos conectados. De verdad se lo recomendaría a cualquiera que vaya a Valencia.
Después me enteré de que Adriano, el padre de mi sobrino, vive en Valencia, y también conecté con él. Fue lindísimo compartir con él y recibir tantos consejos para el resto de mi viaje.
Valencia terminó siendo mi lugar favorito. Tal vez fue por lo pequeño, acogedor y fácil de navegar. Tal vez porque sentí el calor humano y la gente es abierta. Tal vez porque conecté tan rápido, y hasta inesperadamente, con las personas allí. O tal vez fue porque Valencia me recordó que a veces lo que hace inolvidable a un lugar no es solo lo que ves, sino lo que descubres dentro de ti mientras estás ahí. Y lo que descubrí en mí allí, fue alegría. Y una sensación de bienvenida.
Luego me fui a Sevilla, la última ciudad de mi viaje. Y Sevilla me enseñó otra cosa.
Ahora, déjenme decir esto claro: Sevilla es bellísima. Entiendo perfectamente por qué a tanta gente le encanta. Está llena de encanto, historia, movimiento y belleza. Vi lugares preciosos. Tuve momentos maravillosos. Disfruté muchísimo lo que vi.
Pero emocionalmente, se sintió diferente. No conecté con nadie allí de la misma manera en que conecté en Madrid o en Valencia.
Las únicas personas con las que realmente conecté fueron otros turistas durante los tours que metí en mi itinerario en dos días: Granada, Alhambra, Albaicín, Córdoba, Pueblo Blanco y Ronda. Sí, metí todo eso en dos días. Eso de por sí ya dice bastante de mí.
Y conocí gente agradable. Tuve conversaciones bonitas. Compartí sonrisas, recomendaciones y esos pequeños destellos de intimidad que ocurren cuando extraños quedan unidos por un instante a través de la belleza. Pero fueron conexiones temporales. Conexiones pasajeras. Conexiones de vacaciones.
Y no hay nada de malo en eso.
Pero esa parte del viaje me dejó algo muy claro: una conexión temporal puede ser linda, pero no me nutre de la misma manera. Yo necesito más que un momento. Necesito profundidad. Necesito continuidad. Necesito comunidad. Necesito ese tipo de conexión que lleva memoria, familiaridad, confianza y la comodidad de sentirme conocida.
Eso fue lo que este viaje me revelo. Cada uno de nosotros tiene necesidades distintas.
Y mientras sigo conociéndome con más honestidad, voy descubriendo que soy más feliz cuando estoy profundamente conectada con otros y cuando tengo una comunidad que permanece. Una comunidad con historia. Una comunidad con raíces. Una comunidad con verdadera sustancia emocional.
Eso es lo que me llena.
Yo todavía quiero seguir viajando por el mundo. Aunque ya he viajado a muchos lugares, todavía me quedan muchísimos más por conocer. Yo siento que todavía me queda una vida entera de viajes por delante.
Y ahora me descubro esperando una de dos cosas: o aprendo a disfrutar los viajes sola de una manera más profunda y más completa, o sigo construyendo un pueblo, una tribu, buscando gente con quien pueda compartir estas experiencias.
Quizás ambas cosas.
Cada vez más, voy entendiendo que la vida no solo se trata de los lugares a los que vamos. También se trata de quién nos encuentra allí, quién camina a nuestro lado y quién ayuda a convertir un momento hermoso en uno verdaderamente especial.
Y tal vez esa es la verdadera lección. No toda conexión te llega al corazón. Pero cuando llega, tú lo sabes. Y una vez conoces esa sensación, dejas de confundirla con cualquier otra cosa.
Hasta la próxima.
About the Author
Zoila Gómez es una narradora dominicana-estadounidense y defensora del empoderamiento femenino. A través de su voz bilingüe, escribe sobre el amor, la resiliencia y el valor necesario para comenzar de nuevo. Suscríbete para seguir su camino, porque para las mujeres que se levantan, TODO ES POSIBLE.
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