¿Qué pasa cuando dejas de pedir perdón por ocupar tu espacio?

Últimamente, he estado pensando mucho en lo que significa pertenecer. No ese tipo de pertenencia que te pide hacerte más pequeña o editar partes de ti misma, sino esa que hace espacio para todo lo que eres.

Una de las cosas que he ido aprendiendo en estos últimos años es que llegar a ser verdaderamente tú misma no es tan fácil como la gente lo hace parecer. Especialmente cuando has pasado gran parte de tu vida tratando de hacerte más fácil aguantar para los demás.

Durante muchos años, no me di cuenta de cuántas veces pedía disculpas simplemente por ser quien soy. Y no siempre lo hacía con palabras. A veces pedía disculpas quedándome callada cuando quería hablar. A veces haciéndome más pequeña para que otra persona pudiera sentirse más grande. A veces riéndome un poquito menos fuerte. A veces escogiendo la paz por encima de decir lo que realmente pensaba. A veces cediendo pedacitos de mí porque creía que ese era el precio que había que pagar para pertenecer.

Yo no sabía que lo estaba haciendo. Pero sí sabía que quería mantener la paz.

Porque siempre me lo han dicho, y yo misma lo reconozco: bueno… yo soy demasiado.

Si han estado leyendo mis blogs, probablemente ya me han escuchado decir eso sobre mí.

Tengo muchísima energía. Me río duro. Bailo como si nadie me estuviera mirando. Hablo con pasión. Tengo opiniones fuertes. Hago amistades fácilmente.

Siento profundamente.

Amo profundamente.

Ocupo mucho espacio.

Durante muchos años pensé que eso era algo que tenía que aprender a controlar. Y créanme, he trabajado mucho en mí y sigo trabajando en mí misma todos los días para ser una mejor persona, para mí y para los demás. Pero ahora comienzo a preguntarme si quizás me estaba haciendo la pregunta equivocada.

Tal vez la pregunta nunca fue si yo era demasiado.

Tal vez la pregunta era si realmente quería estar en espacios donde no me quieren ni me valoran por todo lo que soy.

Ese pensamiento se quedó conmigo durante un viaje reciente a México.

Como muchos de ustedes saben por mi último blog, acababa de entrar a un nuevo club de lectura y estaba muy emocionada de viajar con ellas. Tenía meses esperando ese viaje. No por México. Por la comunidad.

O eso pensaba…

Después de que mi club de lectura anterior poco a poco desapareciera cuando se mudó la amiga que nos mantenía unidas, me había quedado con muchas ganas de volver a encontrar ese tipo de conexión. Me encanta leer y leo todo el tiempo. Bueno, en estos días más bien escucho los libros porque el tiempo no me da para todo. Pero los libros también han sido una excusa para algo mucho más grande para mí: conversaciones con contenido, experiencias compartidas y amistades que continúan mucho después de terminar la última página.

A muchas de las mujeres de este nuevo club ya las conocía y las considero amigas. Mujeres inteligentes. Mujeres exitosas. Mujeres interesantes. Sabía que el viaje me daría la oportunidad de conocer mejor a algunas de ellas fuera de nuestras reuniones mensuales.

Así que dije que sí.

Y arrancamos.

Las veintiuna mujeres.

Ahora, si alguna vez han viajado con veintiuna mujeres, ustedes ya saben que esta historia no va a ser aburrida.

El viaje comenzó con vuelos retrasados, reservaciones de cena que casi perdemos y un resort al que parecía importarle muy poco que acababan de llegar veintiuna mujeres cansadas y con hambre después de un día entero viajando.

Decir que el servicio al cliente no era su fuerte sería ser bastante generosa. La mayoría estábamos de acuerdo con eso. El resort era bellísimo, pero belleza y hospitalidad no siempre son la misma cosa.

También hubo momentos maravillosos.

Una noche, algunas de nosotras terminamos en una discoteca que estaba casi vacía. La música no estaba precisamente como para inspirar a nadie, así que, medio relajando, le pregunté al bartender si comprando una botella podía convencer al DJ de que pusiera la música que nosotras queríamos.

Se rio y me dijo que sí.

En cuestión de minutos, aquel lugar cambió. Merengue. Salsa. Bachata. Reguetón. Hasta dembow.

Bailamos. Nos reímos. Gente que ni conocíamos terminó uniéndose a nosotras. Por un rato, aquel lugar fue nuestro y estábamos felices, disfrutando como niñas.

Por esta vez, me llevé una grata sorpresa en el resort. 

Pero el momento que se quedó conmigo no pasó en la discoteca.

Pasó en la piscina.

Estábamos celebrando el cumpleaños de una de las mujeres del grupo. Y como pasa con cualquier grupo de amigas celebrando, nos pusimos un poco escandalosas. Alguien nos pidió que bajáramos la voz y lo hicimos. Nos alejamos del bar y nos metimos más adentro de la piscina.

Entonces otra mujer, que ninguna de nosotras conocía, nos pidió que también le cantáramos cumpleaños porque estaba encantada de ver lo bien que la estábamos pasando.

Y se lo cantamos.

Fue uno de esos momentos espontáneos que te recuerdan lo contagiosa que puede ser la alegría.

Unos minutos después, un hombre blanco, americano y de mediana edad se acercó a nuestro grupo. Sonrió y preguntó:

“¿Ustedes son las del club de lectura?”

Le dijimos que sí.

Entonces dijo:

“Ustedes no parecen haber leído un libro en su vida.”

El tiempo se detuvo.

Él no se lo estaba diciendo a una sola mujer.

Se lo estaba diciendo a un grupo de mujeres, todas hispanas. Mujeres de color. Mujeres exitosas. Profesionales. Madres. Empresarias. Lectoras.

Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente tuviera tiempo de hacerlo.

Me puse furiosa. Levanté la voz. Le hablé de su privilegio como hombre blanco. Lo seguí por la piscina diciéndole que debería sentirse avergonzado. Él se alejaba mientras yo le gritaba, y para mí fue un cobarde: tuvo el valor de acercarse a decir lo que dijo, pero cuando reaccioné, se fue caminando.

Ahora, cuando miro hacia atrás, ¿me hubiera gustado manejarlo de otra manera?

Claro que sí.

Me hubiera gustado responder con más compostura. Con más control. Con más sabiduría. Crecer también significa tener la honestidad de reconocer eso.

Pero hay algo de ese momento que se quedó conmigo.

Casi inmediatamente después de que ocurrió, la conversación cambió. Ya no se trataba del hombre que había hecho aquel comentario ofensivo.

Se trataba de mí.

De mi reacción.

Algunas de las mujeres me dijeron después que estaban de acuerdo en que su comentario había sido ofensivo. Otras me dijeron que, por la manera en que reaccioné, yo no había representado los valores del grupo.

Y eso me hizo pensar.

¿Por qué tantas veces, cuando alguien cruza una línea, el enfoque termina siendo cómo reaccionó la persona que fue ofendida, en lugar de lo que provocó esa reacción en primer lugar?

Eso no justifica mi reacción.

Simplemente explica por qué tuve que reflexionar sobre ella.

Unos días después, ya de regreso del viaje, recibí un mensaje de la fundadora informándome que ya no era bienvenida en el club de lectura.

Y para mi propia sorpresa, sentí… paz.

Años atrás, probablemente me hubiera defendido.

Me hubiera explicado.

Hubiera tratado de convencer a todo el mundo de que no me habían entendido.

Esta vez simplemente respondí:

“Gracias por dejármelo saber. Les deseo todo lo mejor.”

Y lo dije de corazón.

Irónicamente, antes de salir de México, me encontré con aquel hombre de la piscina y sy familia. 

Me pidió disculpas.

Reconoció que había estado mal.

Me dijo que debió haber pensado antes de acercarse a nosotras y decir lo que dijo.

Acepté sus disculpas.

No porque borraran lo que había pasado.

Sino porque eso también es parte de crecer.

Entonces, ¿cuál fue la lección?

¿Que nunca más debo viajar con veintiuna mujeres?

Puede ser.

Aunque tampoco les puedo prometer que no lo vuelva a hacer.

¿Que todavía tengo cosas que trabajar cuando algo me toca una fibra tan profunda?

Definitivamente.

Quiero seguir aprendiendo a responder en vez de reaccionar. Quiero aprender a ser más medida sin tener que ser menos yo.

Pero creo que la lección más importante fue otra.

Me di cuenta de que pertenecer y simplemente encajar no son la misma cosa.

Yo no necesito que todos los espacios me reciban.

No necesito que todo el mundo me entienda.

No necesito que cada comunidad se convierta en mi comunidad.

La gente que me ama y me acepta como soy no me va a pedir que me haga más pequeña para poder pertenecer. Simplemente va a hacerme espacio para que yo pueda llegar completa, con todo lo que soy.

Durante años pensé que la respuesta era aprender a ocupar menos espacio.

Hoy pienso que la respuesta es aprender a reconocer cuáles son los espacios donde debo estar, ocupar el mío y ser completamente yo.

Tal vez de eso se trata llegar a ser verdaderamente tú misma.

No de volverte más callada.

No de hacerte más pequeña.

No de convertirte en alguien más fácil de manejar.

Sino de ser más intencional con los lugares que eliges ocupar y, sobre todo, con las personas con quienes decides compartirlos.

Y tal vez esa sea la lección más importante de todas.

La meta nunca fue dejar de ocupar espacio.

La meta es dejar de pedir perdón por ocuparlo.

Hasta la próxima.

One of the things I have been learning over the last few years is that becoming yourself is not nearly as easy as people make it sound. Especially if you’ve spent a lifetime trying to make yourself easier for everyone else.

zoila gomez portriat

About the Author

Zoila Gómez is a Dominican-American storyteller and advocate for women’s empowerment. Through her bilingual voice, she writes about love, resilience, and the courage it takes to begin again. Subscribe to follow her journey — because for mujeres who rise, TODO ES POSIBLE.